En el tapiz del tiempo, hay nombres que, como si fuesen estrellas fugaces, iluminan el firmamento del conocimiento para después desvanecerse en el olvido. Uno de esos nombres es el de Modesto Brocos, un pintor nacido en Santiago de Compostela en 1852 que, además de legarnos una obra pictórica admirable, se aventuró en las regiones más ignotas de la imaginación humana.
Antes de que la humanidad soñase seriamente con abandonar su cuna terrenal, antes de que el nombre de Ray Bradbury se escribiese en los anales de la ciencia ficción, Brocos ya había cruzado la inmensidad del cosmos con la única nave disponible en su época: la palabra escrita.
En 1930, cuando los sueños interplanetarios no eran más que un balbuceo en la literatura universal, Modesto Brocos publicó Viaje a Marte, una novela que, desde la lejanía de los años, nos interpela con un asombro renovado. Se trata de un relato que no solo anticipa la carrera espacial, sino que también configura un Marte que, en su utopía socialista, dialoga con las preocupaciones políticas y filosóficas de su tiempo.
El Marte de Brocos no es un planeta desolado ni una esfera estéril de polvo. En sus páginas, el Planeta Rojo se nos presenta como un mundo organizado en un único estado planetario, con una sociedad avanzada que ha erradicado las desigualdades y ha instaurado un sistema de justicia equitativo, donde la educación y la sanidad son universales y donde la propiedad privada es un concepto arcaico. No es casualidad que Brocos, quien vivió en Brasil y se empapó de las corrientes progresistas de su tiempo, imaginara un Marte donde la humanidad había conseguido vencer sus atavismos y establecer un orden de equidad.
A diferencia de las visiones más tardías de Marte, como la desolada colonización marciana de Bradbury en Crónicas marcianas, Brocos imaginó un mundo con calles perfectamente trazadas, con una población homogénea, resultado de un proceso de “blanqueamiento” racial que hoy nos hace torcer el gesto, pero que en su época —recordemos, hace 100 años y en una sociedad completamente diferente a la actual— algunas corrientes socialistas entendían como un ideal de progreso.
Su Marte no es, pues, solo un planeta, sino un laboratorio de ideas; un espejo donde proyecta sus anhelos y preocupaciones políticas, más que aspectos meramente técnicos y científicos —en los que no destaca, como sí lo hicieron algunos literatos posteriores—.
Lo que hace de Viaje a Marte una obra excepcional no es solo su contenido, sino su fecha de publicación. Décadas antes de que la humanidad alzara la vista al cielo con intenciones concretas de exploración, Brocos ya había escrito sobre el viaje interplanetario, anticipándose incluso a autores de renombre en la ciencia ficción. Jules Verne había enviado a sus personajes a la Luna, pero Brocos miró aún más lejos, hacia Marte, con una visión que no era solo técnica, sino filosófica.
Si lo comparamos con los grandes clásicos de la literatura de ciencia ficción que tratan los viajes espaciales, el adelanto de Brocos es aún más llamativo. Las estrellas, mi destino de Alfred Bester no llegaría hasta 1956, Solaris de Stanislaw Lem hasta 1961, Las arenas de Marte de Arthur C. Clarke hasta 1952 y la aclamada Marte Rojo de Kim Stanley Robinson hasta 1992. Todos estos relatos han sido considerados fundamentales para la construcción de la ciencia ficción moderna, y sin embargo, Brocos ya había fantaseado con un Marte utópico, estableciendo un precedente que ha sido ignorado por la historia.
Al imaginar su travesía, Brocos no recurrió a cohetes ni a máquinas de vapor; su viaje es, en cierta medida, metafísico. La narrativa lo lleva a caminar entre los marcianos, a observar sus costumbres y a aprender de su forma de vida. En su relato, incluso el mismísimo Benito Feijóo, el erudito benedictino gallego del siglo XVIII, aparece como guía en el planeta vecino, convirtiéndose en el mentor del protagonista en esta civilización extraterrestre idealizada. De este modo, además de viajar al espacio, este olvidado escritor compostelano emprendió toda una aventura también a través del tiempo.
Modesto Brocos falleció en 1936, sin haber recibido reconocimiento por su atrevido salto a la ciencia ficción. Su libro es un testimonio de la audacia literaria de un hombre que supo mirar más allá de su tiempo. El Marte que nos propone, aunque teñido de una utopía que puede parecernos ingenua o incluso cuestionable desde la óptica actual, fue una de las primeras visiones literarias en explorar la posibilidad de una humanidad interplanetaria.
En la Compostela de piedra y lluvia, donde las bibliotecas cuentan miles de historias sobre santos y peregrinos, el nombre de Brocos apenas resuena. Mucho menos, todavía, en las conversaciones cotidianas.
No obstante, este picheleiro que pintó la luz y soñó con otros mundos merece un lugar entre los pioneros de la literatura de ciencia ficción. En tiempos donde la humanidad explora con cierta normalidad el espacio, Brocos nos recuerda que los viajes más audaces comienzan mucho antes: en las ideas, las ilusiones, la tinta y el papel.